Peaje

Volvimos a estar juntxs con mis amigues después de estos tres meses de cuarentena. Pero en realidad pareciera que el encuentro fue antes de todo esto, cuando estábamos en la universidad. Íbamos a ir de paseo a la casa de una de ellas, a pasar el día. Empezamos a ir a pie y el camino era como un gran laberinto, una casa adentro de otra. Una puerta tras otra. Y a medida que abriamos una puerta había un perro (casi siempre era un bulldog). Y por alguna razón yo era la que comandaba la marcha. Entonces, por ser la primera, los perros me atacaban. No era un ataque violento, ninguno me hizo daño. Pero sí me asustaban cada vez, porque siempre me mordian en la cola y yo tenía que quedarme ahí hasta que su dueñe le diga que podíamos seguir. Era como una forma de sellar el pasaporte, una especie de peaje. Al llegar a la casa de mi amiga nos encontramos con el pastor alemán más grande que había visto en mi vida, pero él no me mordió. Fin del sueño.

Y este fue un intercambio de mails que tuvimos soñadora y yo:

Yo: Hola,
Me encanta la idea de peaje, cómo que en algún punto es un concepto “cristiano” no? Algo así como que si queres llegar a algo que deseas en el medio la tenes que pasar “un poco mal” y me pareció muy lindo el final, con el perro que no muerde.

Soñadora:
Uuh, no lo había visto de esa manera. Pero totalmente. Lo había interpretado también como todos esos abusos que pasamos las mujeres y que están tan normalizados en cualquier ámbito. Y lo peor no es que el perro te haya mordido, sino que vos lo hayas dejado. Ahí definitivamente aparece esa culpa cristiana. Pero al final están las amigas.