Technicolor

Era muy pronto, estaba saliendo el sol (¿las 6?).
Iba caminando por una calle peatonal donde había terrazas de bares. La primera mitad estaba llena de gente que aún no se había acostado.
Volvían como de fiesta, con el rímel corrido, demacrados ya, tacones en la mano, cosas así, compraban comida para el desayuno de borrachera de antes de acostarse. A partir de la segunda mitad de la calle, había mesas con gente recién levantada que estaba desayunando pronto. Había muchos abuelos con boina, indignados con esta juventud loca.
Al final de la calle se abría un paisaje INCREÍBLE, en technicolor, casi lisérgico. El mar era azul turquesa, algo encrespado, con espuma aquí y allá, y el cielo de amanecer naranja encendido y rojo (no era muy coherente ese cielo con ese mar, por eso era tan contrastado). No había playa, sino el borde de un acantilado donde sentarse a verlo todo.
No sé por qué, yo sabía de un incendio que había cerca, uno de esos que se tardan días en controlar, pero ni se olía ni se veía y el aire estaba limpio. Una señora estaba por allí sentada como en una terraza. Estaba vestida de negro y era muy amable. Se sentaba a mi lado en el acantilado y me abrazaba. Éramos desconocidas pero como si no lo fuéramos. De repente, veíamos unos pájaros grandes, planeaban sobre nosotras. Me daba cuenta de que eran cigüeñas, pero eran negras. Con toda naturalidad comentábamos que estaban negras por el incendio, cubiertas de hollín, negro muy oscuro y mate. Pero estaban sanas, volaban bien. Me daba cuenta de que una llevaba como una lucecita en el pico, algo encendido, como una luciérnaga. Otra, que volaba hacia nosotras, abría el pico, y esa luz le salía de dentro. Después de contarme de dónde era, la señora se iba.